lunes, 10 de diciembre de 2012

Fernando Iwasaki






Cuando cumplí los cincuenta, descubrí que para enfrentarme a la dichosa página en blanco necesitaba una mesa más bien vacía, aunque semejante superficie era impensable porque en mi escritorio los libros, las cartas, los papeles y los cachivaches se multiplican como los hongos que crecían en los pasamanos de las escaleras de la casa de la Maga de Rayuela. Entonces pensé que antes que una mesa vacía necesitaba un espacio diáfano y limpio donde montar las estanterías definitivas, la última biblioteca después de tropecientas mudanzas. Ahora me enfrento a las repisas en blanco y disfruto pensando en cómo colocaré los libros sobre las baldas. ¿Por géneros? ¿Por países? ¿Por orden alfabético? ¿Por idiomas?
 
Desde hace quince años vivo en una casa rural que todavía no termino de rehabilitar, porque el pozo, la huerta, los tejados y los desconchones siempre eran más urgentes que la biblioteca. Pero al fin he llegado a la edad de merecer un lugar de trabajo más decente, aunque se trate del antiguo establo de la propiedad. ¿Acaso un azulejo sevillano que quiere honrar los antiguos nombres del callejero hispalense no dice «Calle Alfonso X el Sabio antes Burro»? Mi biblioteca es igualita, pero sin doble sentido: antes, todos burros.
 
Jamás hay que colocar los libros de un autor al lado de cualquiera, pues hay quienes se resienten, se deprimen e incluso a quienes se les pegan cosas. ¿Por qué zutanito adjetiva ahora como menganita? ¿Y si a perencejo lo arrimo a fulanita para que se ponga más tierno? Como encaje los libros de uno que yo me sé entre Nabokov y Buffalino, seguro que trinca un premio. Por eso las estanterías en blanco son más estimulantes que la página ídem.
 
He preferido publicar una foto de la biblioteca vacía porque hay gente muy mala, que en lugar de fijarse en si uno tiene libros, lo que quiere saber es si uno tiene muchacha.
 
 
 
 
 
 
 
© Texto y fotografía: Fernando Iwasaki
 
Fernando Iwasaki (Lima, 1961) es escritor, ensayista e historiador. Es autor de las novelas Neguijón (2005) y Libro de mal amor (2001); de los ensayos Nabokovia Peruviana (2011), Arte de introducir (2011), rePUBLICANOS (2008), Mi poncho es un kimono flamenco (2005) y El Descubrimiento de España (1996); de las crónicas reunidas en Una declaración de humor (2012), Sevilla, sin mapa (2010), La caja de pan duro (2000) y El sentimiento trágico de la Liga (1995), y de los libros de relatos España, aparta de mí estos premios (2009), Helarte de amar (2006), Ajuar funerario (2004), Un milagro informal (2003), Inquisiciones Peruanas (1994), A Troya Helena (1993) y Tres noches de corbata (1987), entre más de veinte títulos. Entre 1996 y 2010 dirigió la revista literaria Renacimiento.

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